Me figuro que el tiempo toma la casa de Irene y su hermano. No importa el nombre de él. Un hombre más de esos que llegan al mundo para habitar el espacio unos minutos, apenas unos días, unos años. El de ella es relevante por lo que su significado aporta a la narración, “la que trae paz”. Nada está tomado al azar, nada debe estar tomado al azar. Sin decir, las palabras dicen todo. Nos hablan de su contenido o de lo opuesto. Por eso el autor nomina a quien es preciso nominar. Obligar a nombrar tan sólo ensucia el texto. Son un hombre y una mujer. Soy yo y la otra mitad. Tú y la parte en la que yo me encuentro. Cortázar escoge para ellos la relación de hermanos, la relación universal. Lo que somos al fin. Y esperan.

A algunas personas, como Irene, que han nacido para no molestar, les es fácil asumir la espera. Tejen y destejen como Penélope. Aunque Irene no sueña con el regreso de un Ulises veleidoso, sólo da tregua al tiempo, lo entretiene. Postura inteligente. Cuando se asume lo inevitable, sólo queda entretener y entretenerse, hacer más llevadera una estancia obligada. La casa, antigua, construida con otras vidas, tantas como fueron necesarias para llegar hasta ellos. Padre, abuelos, madres, tías, bisabuelos…. La casa en la que los siglos armaron la historia.

Habitaciones como metáfora de ese intervalo que arquea y curva la línea recta del tiempo para unir principio y fin, para que niño y viejo vuelvan a ser el mismo, puedan rozarse con la yema de los dedos. Se agosta la vida clausurando estancias y salimos sin hacer ruido. Cerramos detrás de nosotros la cancela, tiramos la llave a una alcantarilla, para que nadie ocupe lo que fue nuestro. Para que nadie intente llevarse un posible resquicio de tiempo perdido que no le pertenece. Al fin habrá que atravesar la verja, alejarse de una casa de la que nada puede sustraerse. No hay baúles que arrastrar en este viaje.

Los que llegan para sustituirnos nos desplazan sin apenas darnos tregua, sin apercibirnos, instalándose con sus ruidos que rompen nuestros silencios. Nuevos seres vienen a copar viejas vidas.

Primero abandonaron la limpieza de las estancias, rompiendo una rutina tan necesaria en el ser humano, el cese de la actividad. Luego quedó aislada la biblioteca. La curiosidad oculta detrás de una puerta gruesa de roble. Perdido el entendimiento, el raciocinio, la inteligencia. Finalmente hubo ruidos en la cocina. No hay alimento. Cuando ya no queda nada, se difuminan entre las sombras.

Leí este relato hace tanto que el recuerdo es incapaz de computar. Era un día soleado en la pequeña cubierta de popa y me alegré de no habitar una casa. La historia, sin embargo, en los últimos días vuelve a mí recurrente. He luchado y he vencido a los ruidos extraños, a las voces huecas en mitad de la noche que se superponen a los envites del mar contra un casco viejo y herrumbroso. Me llaman Capitán y mi nombre tampoco fue elegido al albur. Conseguí mantener las puertas de par en par, a pesar del peso del hierro con las que se forjaron, pero ha venido a sorprenderme la madrugada con un golpe seco y rotundo que atrancó la compuerta primera aislándome del puente de mando. Allí dejé el sextante esta mañana, mi único modo de saber la distancia que me separa de los cuerpos celestes, del sistema estelar.

Me llaman Capitán y estoy aquí para descubrir qué es aquello que resuena más allá del codo de un pasillo.


Imagen: fragmento de “Un mundo”, de Ángeles Santos