¿Que qué hago yo aquí? Eso mismo me pregunté aquel día que decidí adentrarme en tan sórdido local. No tenía desperdicio. No quería sorprenderme, aunque lo hice. Sabía de su existencia y de las prácticas que allí se realizaban, pero siempre fui reacio a entrar. No iba conmigo, yo no era así, yo no buscaba eso. Sin embargo, me atraía, como le atrae a un niño la prohibición: “Esa información aún no es para ti”, “ten cuidado con estas páginas webs”, “esos juegos no traen nada bueno…”, “terminarás enganchado”.

Me atraía de una manera infinita experimentar el inframundo del sexo en todo su esplendor, en pleno apogeo, sin escrúpulos, sin tapujos, sin vergüenza. Todo lo que allí había era un cúmulo de deseos, los más íntimos, los inconfesables, de fantasías perturbables, de curiosidad morbosa. En definitiva, un cóctel explosivo de lujuria y perversión. Y ahí me encontraba yo, recién llegado, recién caído, con mi copa en la mano y no perdiendo detalle de los personajes circenses que nos encontrábamos allí.

El local contaba con poca luz o quizás con la suficiente, estábamos en esa entre sala donde comienzas a experimentar sensaciones varias, donde te asaltan las dudas, donde te planteas ¿hasta aquí? ¿o sigo? En esa, entre sala, desde donde observas y eres observado; evalúas el interés y la implicación que cada uno de los intervinientes tendría. Yo lo tenía claro, no quería medias tintas y aunque aún podía terminar mi copa y salir por la puerta, decidí quedarme, porque a eso había ido: a experimentar, a probar de la manzana prohibida, del juego que “engancha”. Todo eso, junto al anonimato que te blindaba la situación, sin saber con quién o quienes, sin explicaciones ni remilgos; el poder experimentarlo todo, sin escrúpulos, era lo que más me fascinaba. No quería conocer a nadie, ni hacer amigos. Sólo iba a pasármelo bien.

Parecía haber encontrado el olimpo de los dioses, el clímax de la vida, el paraíso terrenal. Hombre poco romántico que no buscaba caricias ni besos y sí dar rienda suelta a las necesidades más básicas y tortuosas.

Meterme en aquella sala con otro puñado de hombres y mujeres, sin preguntar, sin saber ni conocer, hacía que se apoderase de mí un estupor infinito que me recorría todo el cuerpo. Era mi primera vez, como aquella primera vez, de hace tantos años…

Conforme iba entrando la noche, poco a poco, se animaba el local y según observaba, hice una clasificación de la clientela. Dividí a los participantes en tres categorías: los/las experimentados/experimentadas, entraban con paso firme, sabían lo que querían y preguntan poco. Conocían el sistema imperante y su funcionamiento, me atrevería a decir que lo conocían mejor que su casa. Las parejas…, aquí debiera pararme algo más, pero mejor lo dejo para otra ocasión. Simplemente diré que determinadas prácticas, como terapia de pareja, no las recomendaría. Siempre sale alguien, digamos, “confundido”, y, por último, los/las novatos/novatas, en ese grupo me encontraría yo.

Y llegó mi turno, tan esperado como deseado. Se acerca a mí una pareja y me invitan a pasar a una de las salas de encuentro. No sé lo que me voy a encontrar, pero les acompaño, me gustaban y por qué no.


Imagen: mali maeder en Pexels (fragmento)