No, no perdían el tiempo. Aquel cuarto era un compendio entre una sala de torturas y una fría habitación de hospital. Atemporal, práctica, sin excesos, sin adornos, con todo lo que se necesita y con nada que nos sea imprescindible.

Yo, copa en mano, me dejaba hacer. Caí en la cuenta de que, con la copa, estaba bloqueando mi pecho, tenía una postura, digamos…, defensiva, que proyectaba inseguridad y, no, no podía permitirlo. Así pues, con gesto seguro, dejé la copa sobre la mesa en la que estaba apoyado. Mis manos, ahora más relajadas, descansaban sobre ella, ya no había barrera. La chica, frente a mí, iba desabrochándome la camisa, de manera intermitente, sin prisa. Se paraba para acariciarme, besarme…, no sabría decir de qué color eran sus ojos, pero sí podía describir su mirada: intensa, como aquél momento; inquietante, como su ligereza; firme, como su seguridad, me sentía uno más dentro de un grupo sin nombre, sin rostro, sin vida.

Me preguntaba ¿cuánto habría de verdad y cuánto de inseguridad en este antro, en el que todo era volátil y efímero? ¿Quiénes serían esos hombres y mujeres que gustaban de participar en tales artes? No sería yo quien buscase o juzgase a nadie por estar allí o por hacer realidad fantasías que en su vida cotidiana no podrían llevar a cabo nunca. De hecho, yo era uno más que iba a probar y comprobar si algunas de mis fantasías se hacían aquí realidad… Estaba por ver. Pero, sin duda, lo que me sorprendían sobre manera, eran esos matrimonios o parejas que iban juntos para divertirse por separado… Sí, lo habéis leído bien, por separado.

Fumando un cigarrillo en una sala habilitada para ello, un señor entrado en años me llamó la atención, comenzó a hablar conmigo. Yo antes le había visto llegar con una mujer, llevaba anillo de casado, por lo que supuse que serían matrimonio y, aunque ya sabemos que no todo lo que parece, es, en este caso era lo que parecía. Me preguntó si había llegado solo, a lo que le respondí que sí, que era la primera vez que entraba allí. Con gesto complaciente, me contestó: Bien… Siempre hay una primera vez para todo. Yo, sin embargo, vengo con cierta regularidad, traigo a mi mujer, ella se divierte y cuando termina, nos vamos.

Aquella argumentación, no estaba hecha para todos los oídos, ni para todos los sentidos. Requería de una empatía profesional. Esa frase estaba hecha para ser escuchada por un profesional, sin duda, para el común de los mortales, no; con ella te atragantabas, te bloqueabas ¿cómo podía ser?¿cómo podía decirlo con esa naturalidad? Atónito, no supe qué responder, asentí con la cabeza, le di la última calada al cigarrillo y me fui a por otra copa.

He de reconocer que me molestó, me molestó bastante… ¿Qué hombre deja que su mujer se divierta de esa forma? ¿en qué mundo vivía? En el mío no, por supuesto, yo jamás lo hubiese permitido. Tal fue mi impresión, que me quedé esperando, copa en mano, a que su mujer saliese de una de las salas, no quería perderme el reencuentro. Reconozco que esa frase me dejó sin aliento, desconcertado, abrumado; mis convicciones se balanceaban entre los sentimientos de admiración y los de repulsa. Incrédulo, no quería perderme ni un instante de ese momento. Examinar sus caras, sus expresiones, sus miradas, sus palabras, todo ello me producía una curiosidad enfermiza. Mientras pensaba en ello, solté una gran carcajada, sobresaltando a los allí presentes, que al igual que yo, disfrutaban de su copa. La mía era un buen Brandy de Jerez, espectacular, que servido en copa caliente, emanaba un aroma embriagador que ascendía desde el cristal y nublaba los pocos sentidos que me iban quedando para despachar la noche.

Et voila! La dame a émergé! Elegantemente vestida, sin estridencias y con su fiel compañero esperándola… ¿Qué pasaría? ¿Cómo reaccionaría? Allí estaba yo, sin perder ni un segundo de la escena, expectante, a sabiendas del final de la película, pero con la duda de haber dejado escapar el detalle que le diese otro sentido al sin sentido que veía. Pues bien, sonriente, tomó un par de sorbos de la bebida de su marido, comentaron algo entre ellos y se fueron, no sin antes echar unas risas con los camareros del local… En fin… Os digo yo, que el brandy me hacía llegar cada vez con más dificultad a conclusiones lógicas…, si las había…, que no sé. Pero aquí, no podíamos aplicar la lógica ¿qué lógica, de quién? ¿Quién era para juzgar esa conducta? Como dije anteriormente, no sería yo quien tirase la primera ni ninguna piedra… Esa relación se asentaba sobre unos pilares sólidos, difíciles de conseguir, compartían un vínculo sano, aunque cualquiera lo diría ¿verdad? Se respetaban, porque respetaban sus necesidades y compartían la manera de satisfacerlas, tenían un modo de vivir similar. Qué difícil conseguir una relación así, en esta sociedad, donde la relación de pareja implica renuncia, sacrificio…etc. Pero ellos eran un equipo. Sabían todo el uno del otro, lo que podían y no podían hacer juntos, sus virtudes, defectos, limitaciones. Fue entonces cuando me di cuenta de los prejuicios que arrastraba. Vivía para mí, por mí. Todo lo demás me sobraba. Incapaz de compartir poco más que unas cuantas migajas de mi tiempo. No estaba hecho para nadie. Solitario, de club en club y de barra en barra.