Encontramos guía para continuar la ruta. Una vez que la niebla se disipó, permitiendo a la luz evidenciar los contornos, mostrar lo que allí había ocurrido a lo largo de aquel tiempo de indefinición, los integrantes salieron de sus rincones en penumbra. No hubo lecturas, tan sólo silencio, letargo, inmovilidad. Ahora que el viento vuelve para inflar velas, para despegar los cabellos grasientos de unos cráneos con costra, conseguimos ver a hombres y mujeres, desprovistos de volumen, caminar por cubierta como lo harían esqueletos liberados de sus tumbas, durmientes centenarios. Crujen los huesos al luchar contra el letargo y puede oírse un restallar de miembros que se superpone al clamor del rompiente de las olas. Hay quejidos, voces lastimeras que arrastran dolor. Pero ahí van, a trompicones, intentando sin dignidad ser dignos.

No se sabe en qué momento dejamos de contar horas, minutos, segundos… El tiempo tiránico se hizo con la nave, y contra todo pronóstico, quedó detenido. El mar fue entonces lago, el cielo pendía pesado sobre la nao, de un gris de piel gruesa y rugosa de elefante en el que se formaban continuas tormentas. Los rayos surcaban el espacio en horizontal, atronaba el cielo y su rugido reverberaba sobre una superficie, más negra que azul, de líquido viscoso en el que se hallaba convertido el océano más profundo. Esperábamos en cada trueno que la panza se abriera y dejara a la lluvia desplomarse sobre nuestras cabezas, pero la panza no se abría y eran nuestras cabezas las que parecían estar a punto de estallar en mil pedazos. La presión constante hacía que muchos de los hombres y algunas mujeres pasaran el día con las palmas presionando sobre las orejas, como si aplicando más presión consiguieran eliminar la que ya tenían.

Veníamos de surcar un campo de Agramante, veníamos del lugar donde reina el desorden y la confusión. Imposibilitados para restaurar el orden y eliminar el odio, nos limitamos a describirlo con minuciosidad en el cuaderno de bitácoras. Definimos su ser, su modus operandi, y el terrible efecto de sus actos, con el inocente propósito de que en tiempos venideros resultase útil a las nuevas sociedades. Ay, pero quién iba a prever que el futuro se convertiría en una granja de animales pretendidamente domésticos, manipulables, fácil de pastorear, de donde surgió una realidad de alimañas y las alimañas acaban mordiendo la mano que les da de comer. Cebaron monstruos y para contenerlos llegó jaleado el fascismo. Desde popa el Caballero que quiso ser marinero, pretendió lanzar versos sin viento que los arrastrara, «¡¡Convertir la Literatura en método de lucha!!», gritaba perdida la mirada en el horizonte.

Tal vez habrían transcurrido dos días de septiembre cuando estuvimos toda la noche oyendo pasar a los pájaros. Supimos entonces que habíamos llegado.

Según se acercaba el barco a tierra despacio, muy despacio, y observábamos lo que nos rodeaba, íbamos parapetándonos, agachándonos, posicionándonos semiocultos por el largo acastillaje de la nave, por su cubierta, con la porta de las escotillas apenas abiertas y el ojo fijo en la locura que se extendía frente a nosotros, detrás de nosotros, por la popa y la proa, por babor y estribor; agachados, escondidos, inmóviles, aguantando la respiración, rezando para que el escaso viento nos empujara despacio y nos llevara lejos, muy lejos de allí. Intentamos, entonces, con el imperceptible viento, virar, deseábamos que nuestra apariencia fuese la de un barco fantasma y pasar desapercibidos a los que ya nos miraban desde el otro lado. Era inútil, ciar no es posible.

No hay retroceso. No hay sentido inverso. El rumbo es siempre a proa, incapaz de dar la vuelta, impedidos para navegar en dirección a popa. La corriente nos condujo hasta el puerto y, sin amarre, la popa nos detuvo con un golpe seco contra el hormigón del puerto. Permanecimos quietos, cada uno en su agujero, ocultos, temblando, tiritando de frío y de miedo, descalzos, hambrientos, apretando fuerte los párpados hasta que dolieran, como si así pudiésemos hacer que el deseo se convirtiera en realidad y nadie reparara en los 41,3 metros de eslora entre perpendiculares, los 30,5 de eslora en la quilla y los 10 metros de manga, deseando mutar y ser invisibles a los ojos de las alimañas.

Con la cabeza levemente alzada, a la suficiente altura para mirar y calibrar la situación, para planear una posible huida, en cuclillas, apoyados en los dedos de los pies, con los talones en alto y las yemas de las manos blancas de tanto apretar contra la borda, recordamos a aquel joven de 94 años que quiso ser marinero y cayó por la borda. Un testigo declaró que “a la ocho de la noche poco mas o menos […] se hoyo Ruydo como que havia caydo un hombre a la mar y aviendo hecho diligencia de hechar tina y tablas a la mar la nao siguió en seguimiento de la Capitana. No consiguieron salvar al joven pero sí le encomendaron «a dios nuestro señor».