Este Capitán no tiene equipo. Perdido en el balanceo hostil de una percha vacía que el viento grosero ocasionó, apoya la cabeza en las palmas de las manos. La presión deforma las mejillas y obliga al guiño. Se recrea en el dolor que los codos producen hincados con todo el peso de la cabeza sobre las rodillas y lo que es peor, con el peso de los hombros, un peso mucho más gravoso. Sobre ellos recaen los días, los lugares, las risas, las noches infinitas, aquellas conversaciones que nunca debieron mantenerse; recaen los gritos, pensamientos oscuros, portazos, malos modos, por recaer recae el sabor amargo del whisky y hasta el remordimiento.

Me llamo Capitán y estoy hundido en el desconsuelo. Busco también desde hace tiempo la palabra prohibida, esa que me separó del resto del equipo, que me dejó tirado en un vestuario frío, la que llenó de oquedades las frases y de espacios los párrafos, mermando el sentido. Entiendo los argumentos y entiendo la lealtad, pero me produce angustia la incapacidad de adivinarla, de no llegar siquiera a intuirla. Todos la conocían menos yo, que llegué tarde, cuando el sobre había sido abierto y leído y destruido, cuando el pacto se consolidó y las explicaciones del viejo Gerónimo no sirvieron de mucho. Intuyo algo importante detrás de esa palabra, algo esclarecedor, quizás, fundamental para un equipo sabedor de lo que desconozco y vuelvo una y otra vez sobre los indicios, sobre argumentos manidos, sobre las dudas del personaje antagonista, pero no consigo más que frustración.

La calle luce desierta. Cada vez son menos los paseantes. Pero los pocos que atraviesan el espacio enmarcado por el cristal de la ventana, caminan con suficiencia, con la soberbia del que sabe. Alguno ladea la mirada mientras mantiene la cabeza inmóvil, fija en un horizonte oscuro. Una mirada de soslayo que turba el aire y se posa directa en mi ignorancia, para hacerla aun más grande, más ignorante aún. Busco las letras que forman la palabra precisa, pero las letras bailan y se desordenan y parecen más numerosas y el espacio parece mermado. Recompongo el rostro y paso las manos con furia de arriba abajo, con la fuerza con la que cada mañana froto y empapo la piel de agua helada, miro impotente al centro del campo y observo a los jugadores sentados en la hierba unos; apoyado el pie sobre el balón, otros; con la cabeza gacha y ladeada sobre un teléfono, los que más; observo a los viandantes y su prepotencia, los miro y entonces lo veo claro. La palabra que desconozco es la misma que desconocen todos. El engreimiento con el que dirigen las pupilas de un lado a otro está inflado por la ignorancia, pues la ignorancia alimenta la soberbia. Están convencidos de que esos huecos son errores tipográficos, un descuido de imprenta.

La ameba busca el movimiento menos complicado, la dirección más recta, la masa huye de todo lo que la divida y el pensamiento es el peor de los peligros. Aquí estoy sentado, en un banco de madera. Solo. Observo el mundo del otro lado de los huecos enmarcados que me protegen de él y pienso en esa palabra que alguien borró el día que se separó de la cadena para convertirse en eslabón.