“Historia de una hora”, de Kate Chopin apareció por primera vez en la revista Vogue en 1894. Le habían precedido otros relatos, artículos y traducciones en la prensa local y revistas, así como una primera novela titulada La culpa, publicada cuatro años antes. El carácter colorista, popular y amable que la crítica destacó de su estilo no hizo sino ensombrecer las cualidades literarias y asimismo comprometidas de su creación literaria, en la que muy valientemente se atrevió a plasmar los conflictos raciales y los matices del mestizaje social con los que convivió día a día ante la acomodada indiferencia de las gentes de la clase media a la que pertenecía. No obstante, ahí estaban como reflejo de la alianza que el movimiento feminista norteamericano estableció con la lucha abolicionista, pero sutilmente incorporados como telón de fondo al verdadero leitmotiv de su obra, la principal inquietud en la prosa de la autora: el laberinto íntimo femenino, el tránsito silencioso y secreto de la mujer hacia el reconocimiento de su independencia.

Mujer inteligente, aguda, tenaz, refinada, luchadora, liberal y radicalmente femenina, Katherine O´Flaherty (Kate Chopin de casada, viuda y para la posteridad) forma parte del innumerable elenco de literatas despreciadas en su época y más tarde rescatadas por la casualidad o la justicia que el tiempo impone sobre todos y todas las cosas. Criada en Saint Louis en medio de un ambiente acomodado, tras casarse se traslada a Luisiana, donde llevará una vida fácil hasta que la muerte de su marido la deja con seis hijos frente a una severa deuda económica. La imposibilidad de sacar adelante en soledad la plantación familiar y la consiguiente ruina provocarán en ella una crisis nerviosa para cuya curación el médico le recetará una sola actividad: la escritura. Desde ese momento la curiosa niña bien, popular por su belleza y su elegante ingenio, se convertirá en una escritora ágil, penetrante y perturbadoramente incómoda para el conservador ambiente sureño de finales del siglo XIX.

“Historia de una hora” cuenta con poco más de mil palabras con las que Chopin despliega la cartografía de un proceso que se repetirá de manera más extensa en El despertar y aparece en otros relatos como “Una mujer respetable” o “Un asunto indecoroso”, pero esta vez desasido del elemento sensual integrado en las obras citadas: tras un suceso que sirve de detonante, la protagonista inicia el tránsito hacia la revelación del instinto de libertad, la intuición de señoreaje sobre las propias acciones y, como consecuencia, la entusiasta asunción del derecho a la autonomía.

“Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido”. Tras conocer el desafortunado hecho, la protagonista se retira a una habitación y se sienta en un cómodo sillón frente a la ventana. Es en ese punto donde se inicia el relato en sí mismo, en el preciso instante en el que una mujer viuda se encuentra sola frente a la visión fragmentada del mundo que una ventana abierta le ofrece: el temblor de las copas de los árboles, el aroma de la lluvia, la perorata del buhonero solapada por el rumor de una canción, el gorgeo de los gorriones y el azul definitivo del cielo. La extraña sensación de estar siendo poseída por un ente misterioso le inflama el ánimo con el voluptuoso fulgor de una cerilla recién prendida: libre se siente, libre se quiere, “¡Libre!”, se repite a sí misma en voz alta: “no habría nadie para quien vivir los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida”. Nuestra ya querida señora Mallard ha dado en vislumbrar lo que en aquellos años finales del siglo XIX se comenzaba a imponer para las mujeres como un secreto a gritos en Norteamérica y parte de Europa: la conciencia de ser una entidad independiente y central en la propia existencia.

Pero frente al reconocimiento político y social que el feminismo comenzaba a reclamar fuertemente para la mujer, nuestra autora prefirió fijar su atención en la emancipación interior por medio de personajes que –sin juicios de valor ni justificaciones- viven la epifanía del deseo instintivo y de pronto se descubren en su completa integridad, fuera ya de la mera imagen de prolongación del hombre (esposo, padre, apellido o sociedad patriarcal) en la que habían sido educadas. En el verbo hecho carne de la primera persona del singular se encuentra la radical libertad de estas mujeres, que ni siquiera evalúan la realidad que las rodea, sino que se limitan a observarla en contraste con la luz interior, el instinto animal que vive desbocado, respira y grita sin imposiciones dentro de ellas. Si bien Virginia Woolf estribaba doblemente la independencia de la mujer en un eje exterior (la emancipación económica) y otro interior (la habitación propia para escribir –leer, pintar, pensar o simplemente ser-), a Chopin parece bastarle únicamente poner toda su atención en el ser femenino que de pronto echa a andar recortado contra el horizonte sin posibilidad de retorno a un sistema que ya le es ajeno por voluntad. Estas mujeres han conocido la verdad, y esa verdad las ha hecho libres: el corazón de la Señora Mallard, lejos de romperse por la muerte de su marido, se cura gracias a esta. Momentáneamente, el reconocimiento de “el impulso más poderoso de su ser” vivido en el secreto de las grandes revelaciones, la aleja de esa distinguida mujer delicada y frágil que todos ven en ella: ya no es la fina porcelana que era considerada, sino firme y resistente loza.

Rescatada por el feminismo del siglo XX, Kate Chopin es sin embargo un caso especial dentro de este. Si bien su sensibilidad le llevó a prestar atención y voz a la minoría negra, no militó dentro de las filas de aquel, y ni siquiera perteneció de manera oficial a la categorización de Mujer nueva. Parece que la autora optó por poner desde primera hora la misma distancia con respecto al resto del mundo (y no solo la ideología patriarcal o la sociedad conservadora que habitaba) como con el activismo teórico o práctico a los que previsiblemente habría tenido que adscribirse por su condición femenina y culta. Cabe preguntarse entonces si cuando Chopin rescató un escándalo sucedido en Nueva Orleans para escribir El despertar (1900) quiso demostrar con ello que sus personajes, más que ser fruto de la fantasía, daban voz al impulso germinal y cierto en la mujer de la época. De nuevo la realidad superaba la ficción, o más bien la inspiraba; mas la condescendencia que se suele otorgar a la fabulación no hace cómodo ni necesariamente aceptable al hecho que la inspira, y así la repercusión que tuvo la publicación de la novela –tachada de inmoral por narrar una infidelidad femenina- supuso la caída en desgracia de la autora: su editor rechazó toda colaboración ulterior y de nuevo llegaron para Chopin y el silencio y la tristeza, rotos solo por la publicación de dos relatos más hasta su muerte en 1904.

La autora que escribía deprisa sin apenas corregir rodeada del tumulto de sus hijos y que prefería el lenguaje cercano y preciso, inmediato y desnudo –que no descuidado- como lo es la vida en su rutina, encontró el tono justo en la paradoja del desapego. Solo en el cuerpo a cuerpo de la toma de conciencia de la propia identidad es posible la revelación de todas las verdades, y para eso el abismo del extrañamiento –voluntario o forzado- de lo aprendido se hace imprescindible. Únicamente así, desde el diálogo con el vacío, la libertad puede caber en tan solo una hora. Y Kate Chopin –la madre, la mujer, la escritora- lo narró con su propia vida.