Ante el estupor inicial que provocó la crisis del coronavirus, fuimos muchos los que, buscando referencias conocidas a las que asirnos, volvimos a Albert Camus y a La peste. No nos defraudó. Una vez más comprobamos el poder de los clásicos, también de los contemporáneos, para ofrecer nuevos sentidos y nuevas luces a través del tiempo y la experiencia.

Personalmente, la relectura de La peste me ha permitido además volver a encontrarme con uno de esos personajes secundarios a los que se toma un cariño especial. Se trata de Joseph Grand, el bondadoso empleado del ayuntamiento de Orán que se pasa la novela –y la vida– luchando con las palabras. No encuentra las adecuadas para escribir a su esposa Jeanne y es incapaz de ir más allá de la primera línea del libro que está escribiendo. Es el perfeccionismo extremo, el centrarse en el pequeño detalle a expensas del proyecto en general: «Noches enteras, semanas enteras sobre una palabra…, a veces una simple conjunción». A través de Grand, Camus nos habla de la práctica de la escritura y nos recuerda lo paralizante que puede resultar la búsqueda de la frase perfecta, que se acaba convirtiendo en un objetivo en sí misma e impide cualquier progreso.

Precisamente sobre la práctica de la escritura trata On writing, en español Mientras escribo, un best seller donde Stephen King explica cómo se gestaron sus best sellers. Mucho más que un manual para noveles, se trata de una autobiografía literaria tan absorbente como sus historias de ficción. Quienes la utilizan para mejorar sus habilidades narrativas suelen leerla al menos dos veces, la primera con avidez, por placer; la segunda para tomar notas y reflexionar.

Antes de On writing, Joe Fassler publicó en The Atlantic una entrevista titulada «¿Por qué Stephen King pasa meses e incluso años escribiendo la primera frase?», en la que el autor explicaba la importancia de las palabras de apertura de un libro.

King reconoce el valor de comenzar con un estilo llamativo o de establecer un contexto intrigante, pero para él, la clave es la voz. La voz de una novela es como la voz de un cantante, una cualidad que lo distingue del resto y que sus oyentes conocen y aman. Hay algo en esa voz que consigue establecer una conexión íntima más profunda y más fuerte que los vínculos puramente intelectuales.

En los libros realmente buenos, según King, el poder de la voz se establece en la primera línea. Su ejemplo favorito es la frase con que comienza la novela Shoot, de Douglas Fairbairn:

Esto es lo que pasó.

Es una apertura limpia y es una promesa, porque deja claras dos cosas: la primera, que el narrador que tenemos ante nosotros es alguien comprometido con la verdad, que va a prescindir de adornos y de inexactitudes para contarnos los hechos; la segunda, que hay una historia importante que al lector le interesa conocer. La frase no cuenta nada, no presenta acción ni contexto. Solamente hay una voz y una invitación difícil de rechazar.

El otro aspecto interesante de la reflexión de King, el envés, la otra cara de la moneda, es que esa primera línea no sólo es la puerta de entrada para el lector; también lo es para el escritor, en el sentido de que funciona como referencia, como la nota que da el tono para el resto de la obra. «Mis libros», dice, «tienden a comenzar como primeras oraciones: escribo la frase de apertura y, cuando la tengo, empiezo a pensar que tengo algo».

Es verdad que un libro no es la primera línea. La historia tiene que estar ahí y ese es el auténtico trabajo. Que se lo digan a Joseph Grand. Sin embargo, una apertura puede hacer mucho para establecer ese sentido crucial de la voz, para decir «ven aquí, escucha, tienes que enterarte de esto» y que alguien empiece a escuchar.