Es de noche, una mujer escribe en una oficina y decide darse un descanso; pone en marcha la alarma de su móvil: solo estará fuera una hora. Va en busca de unos amigos que toman copas en un bar cercano y se une a ellos. Charla, ríe, brinda una, dos, tres veces. Silencio. Más tarde, en algún momento, sale dando tumbos; cae, se levanta, se apoya en lo que va encontrando a su paso. Nadie la ayuda, la dan por borracha y todos se apartan sin más. Vuelve a la oficina y continúa con su trabajo. A la mañana siguiente una pequeña brecha en la frente le recuerda el vacío que guarda su memoria: simplemente no sabe qué hizo ni qué le ocurrió entre el último chupito y el amanecer; ni siquiera los folios que escribió –extraños, inconexos, incomprensibles incluso para ella, su propia autora- le pueden dar ninguna información lógica. Solo unas imágenes a modo de flashes le rondan la mirada cada vez que cierra los ojos: la visión del rostro de un desconocido que jadea violentamente sobre ella.

Así comienza I may destroy you, la exitosa serie de HBO en la que Michaela Coel –alter ego en la vida real de Arabella Essiedu, la protagonista- guioniza, codirige y produce la narración de un suceso autobiográfico: la violación que sufrió a manos de dos desconocidos tras ser drogada en un bar mientras se tomaba un descanso junto a un amigo. Tres años, tres -y 191 borradores-, llevó a la autora adaptar lo sucedido al formato de serie, tal vez sin ser consciente de que el proceso de escritura supondría también una odisea terapéutica en la que ella misma habría de reflexionar sobre los claroscuros de la amistad, los diferentes tipos de abuso, la influencia de las redes sociales como nuevo medio de educación sentimental y la difusa –por invisible y subjetiva- línea que separa el bien del mal en todo lo que hacemos o pensamos.

Lo bello es difícil, afirmó Platón en Hipias, y es cierto que los doce episodios de la serie son bellos, pero también difíciles: lo cómico se imbrica con la sorpresa, la tristeza con el enfado, lo inesperado con lo alegre, la verdad con la veladura del silencio, lo habitual con la novedad, la violencia con la risa, el dolor con la ternura, el vacío con la celebración, la tragedia con la planicie de lo cotidiano, la dureza con la vulnerabilidad… todo ello en las arenas movedizas de la generación millennial y su modo de vida líquido, ya inmersos en una postmodernidad avejentada cuyas costuras parecen apretarles hasta la identidad. No obstante, a pesar de su rotunda actualidad y de haberse convertido en una serie de culto desde su estreno en 2020, I may destroy you no plantea nada nuevo, nada distinto a lo que no sepamos ya por pura intuición arquetípica; lo que sí resulta novedoso, rompedor y tal vez crudamente impactante es la sólida transparencia con la que la universalidad del mito aparece planteada en la desafiante mirada de la protagonista.

Joseph Campbell afirmó -muy en la línea del Romanticismo europeo- que la misión de artistas y poetas no podía ser otra que la de organizar los objetos de la realidad para brindarnos obras capaces de encender la luz de la conciencia y acceder con ello a un saber más profundo del mundo y de nuestra psique; y la Coel, autora radicalmente joven con un pasado cambiante y plural, parece sentirse cómoda en ese rol, hasta el punto de haberlo convertido en un trazado de coordenadas de su viaje personal del caos al orden; el mismo que se repite en la historia de las dos Michaela Coel protagonistas de Chewing gum y Black Earth rising, series muy dispares entre sí que convergen en un mismo punto: el tránsito de un estado vital a otro, la necesaria evolución (de la virginidad al despertar sexual en la primera; de la tragedia del vacío al sentido en la segunda) hacia otra edad; el abandono, en suma, de una norma habitual que ha dejado de ser útil para acceder al compromiso con una nueva pulsión capaz de dar un empuje más rico, sabio y maduro al ser humano en su evolución.

Mucho se ha escrito sobre el viaje, y de todos es conocida su vinculación con la búsqueda interior, especialmente si lo abordamos desde un punto de vista alegórico. El tránsito como destino en sí mismo ya era evocado por Kavafis en su poema “Camino a Ítaca” al advertir a Ulises pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, /lleno de experiencias, pleno de etapas vivas en la evolución del ser, a la manera de una escalera suspendida en el vacío cuyos peldaños aparecen, firmes y lisos, solo bajo el peso del pie que se apoya en ellos para continuar la subida, semejante al camino machadiano que se hace al andar. El mismo, escarpado y oscuro, por el que Virgilio acompañó a Dante para ayudarlo a cruzar el infierno, similar al que subterránea y silenciosamente recorrió Jonás tragado por la ballena, o el que un Lorca aún joven con el corazón roto simultaneó –como es arriba es abajo, como es adentro es afuera- cuando viajó a Nueva York y Cuba para volver con los ojos llenos de infancia. El viaje como camino ineludible del héroe, del mito, de la psique en definitiva, que todos y cada uno de los hombres y mujeres que somos –homo viator– tendremos que afrontar como imperativo de nuestro destino humano.

El propio Campbell, a lo largo de toda su obra realiza un profundo análisis de corte humanista sobre este concepto del viaje personal que se inicia en la figura del héroe para acabar en la piel de cualquier individuo y, basándose en el estudio y cotejo de diferentes mitologías y culturas, señala tres posibles arranques para el periplo de descubrimiento espiritual e ideológico del aquel: uno sería de índole accidental, provocado por el encuentro inesperado con un animal al que el personaje seguiría y que precipitaría su entrada en el bosque sin tener claro qué pasos seguir ni cómo alcanzar el camino de salida; el segundo se realizaría como un viaje intencional en búsqueda del conocimiento de la propia identidad, bien representado por la travesía de Telémaco en busca de información sobre su padre, Ulises, en la Odisea. Por último, el tercero sería consecuencia de un accidente tras el cual el protagonista se vería irremediablemente arrojado a su transformación, muerte y resurrección. Y es en este tercer tipo donde podemos situar a Arabella Essiedu (y a Michaela Coel) no ya solo desde el argumento esbozado en el primer párrafo de este artículo, sino también intuido en el título de la serie (I may destroy youPodría destruirte-) y en el nombre del bar en el que ocurre el episodio de la violación (Ego death bar- Bar de la muerte del ego-) y también parte del título del último episodio (Ego death- La muerte del ego), que se convertirá en lo que en la narración mitológica se conceptúa como “el umbral”: el punto de partida y de llegada del viaje circular de la protagonista en su desorientada búsqueda de no se sabe bien qué a lo largo de la serie y que solo al final se resuelve en una profunda, silenciosa y verdadera revolución; suceso –el de la revolución- que, como bien señala Campbell, no tiene que ver con romper nada, sino con poner algo de manifiesto.

Como la perfecta personificación de los valores propios de la generación millennial que es, Arabella se presenta como una joven devenida heroína por obra y gracia de las redes sociales: su novela Crónicas de una millennial harta cuya primera difusión se produce por medio de dispersas publicaciones en Twitter, se convierte en un inesperado éxito y le granjea una popularidad a pie de calle que hace que la industria editorial se fije en ella como la nueva gallina de los huevos de oro. La rugosa y tétrica mano de la plusvalía tiende a la princesa de melena púrpura un caramelo envenenado: el contrato para la edición de su segunda novela, una estancia en Italia con todos los gastos pagados, un suculento adelanto económico y toneladas de mimos y agasajos que muy pronto la receptora considerará patrimonio personal por derecho. La alfombra roja se despliega hasta el infinito solo para que la autora viva la vida a su antojo, rodeada de sus amigos y con los brazos abiertos a un porvenir de colores brillantes. Y es ahí donde, desde la total ausencia de enjuiciamiento, el espectador observa el despliegue de la personalidad polimórfica de la protagonista, cuyo gesto puede ser el de una mujer, una niña o una joven con un solo pestañeo: ingeniosa, segura, moderna, bondadosa, tan capaz de provocar la simpatía o la ternura como de resultar caprichosa e irritante; profunda, incontenible, desgarbada, seductora, impertinente, adicta, honesta, maligna, elegante y deslenguada. Todo en uno, todo en ella. Durante los primeros episodios se asiste, a modo de flashback, a la presentación de esa norma habitual y cómoda en la que Arabella se mueve como pez en el agua, esa zona de confort multicolor que, aun a pesar de la violación, se va a empeñar en mantener, como si negar la agresión pudiera hacer que esta no hubiese existido. Somos la generación que ha decidido que se nos mire. No más a los documentales de mundos no descubiertos, de investigaciones encubiertas, de gente desaparecida. Somos la generación que decidió que si no nos miran, nos miraremos nosotros mismos, recita ella misma en el capítulo piloto. Pero mirar no implica necesariamente ver, y ahí radica el pecado de esta generación, que antepone el simple gesto de observar al objeto contemplado y desdeña la información que este puede ofrecer; por esta razón no resulta sorprendente descubrir el ejercicio de amnesia que la protagonista ha practicado exquisitamente a lo largo de toda su vida (las bolsas de objetos que guarda bajo la cama, la relación con el padre, los silencios familiares, la compleja rutina con las drogas y el sexo, la incapacidad de prever el peligro emocional de relacionarse con un hombre roto como lo es Biagio, su novio italiano…), imprescindible para poder mirarse de frente sin bajar los ojos ante el espejo, como un Narciso incapaz de reconocer aun su propia belleza en las aguas en las que se refleja.

No obstante, como en todos los pecados –incluso el de la soberbia- el antídoto de la penitencia tarde o temprano se impone, y así, tanto Arabella como la generación a la que representa, deberá hacer el camino de vuelta a la humildad (Un hombre no es más que un junco, decía Pascal), una vez que el trampeo de mirarse el ombligo deja de ser eficaz y ocurre que un animal, una búsqueda, un accidente catapultan al héroe (esta vez, heroína) a lo más profundo del bosque: el interior de su propio corazón de ser humano, de junco, de niña.

Según acontece en el mito, una vez que se atraviesa el umbral comienzan las pruebas, pero también aparecen los ayudantes (o “facilitadores”, como Propp nombraba a esta figura dentro de los cuentos populares), solo que aquí, los dioses, duendes, hadas, sabios o animales mágicos son en su mayoría los propios amigos y conocidos de la protagonista. Únicamente las personas abiertamente ajenas a la vida de Arabella (la policía y la terapeuta) le brindarán la llave de acceso a las piezas perdidas del puzle de su pasado; el resto ya estaban en su vida con anterioridad y, más que servir de guías del camino, lo harán –a su manera, transitando también su propio bosque- como muletas en las que podrá sostenerse y en ocasiones, de manera sorprendente o indirecta, como educadores en los valores que ella misma defiende sin saber muy bien cómo llevar a la práctica. Así, no sin cierta comicidad, se producen episodios como el de su amiga Terry, una actriz de escaso talento, cuando, bloqueada por un ataque de pánico, abandona a la protagonista justo antes de salir al escenario de una importante convención de escritores para hacer una lectura pública de su obra y provoca con ello un inesperado giro de guión; o el conflicto que la distancia de Kwame, el amigo gay que también ha sido violado, cuando frívolamente obvía su trauma durante una fiesta y lo encierra durante horas en una habitación con otro hombre. Especial atención merece el personaje de Zain, el joven escritor que comparte editorial con ella y que jugará un papel decisivo en la trama interior de la protagonista, dado que a través de un proceso de revictimización, será el que la empuje definitivamente al interior del bosque –ya sin excusas ni despistes- y asimismo el que, casi de manera casual, vuelva a ella para acompañarla en el último tramo del camino, brindándole las herramientas necesarias para escribir su novela y dar los pasos para cruzar de nuevo el umbral, pero esta vez de salida. Parece que todos los personajes, incluidos los secundarios como la editora ambiciosa, la ridículamente atildada pareja de agentes literarios, los amigos de farra y Theo, la amiga del instituto que dirige un grupo de terapia para víctimas de abuso, se movieran continuamente en un juego de pares capaces de conjugar en un solo cuerpo, una sola vida, lo que se ve y lo que no, el amor y el odio, la bondad y la vileza, el éxito y el vacío, el silencio y la voz, y, cómo no, el verdugo y la víctima que en un momento dado todos llevamos dentro. Recordemos: Lo bello es difícil, y tal vez esa misma ardua complejidad sea el ingrediente mágico de la belleza, de la misma manera que el viaje del héroe lleva a la transcendencia de los pares de opuestos, a la superación del dualismo como única norma. Por esta razón, no hay maniqueísmo en esta serie, sino simple transmisión de una realidad plural en la que se convive a la vez que se lucha por dentro y por fuera; incluso para Ben, compañero de piso -en apariencia el personaje más plano de todos-, cuya media sonrisa solo al final de la serie cobra pleno sentido cuando en el último episodio hace alusión al trino de un pájaro y sonríe a Arabella mientras ella, envuelta en su abrigo, contempla en silencio el vacío e imagina ya con los ojos llenos de fuerza el desenlace de su recorrido.

En este camino evolutivo, además de los ayudantes –o los amigos, para nuestra heroína- las pruebas serán parte necesaria del proceso, un modo de testar la fuerza interior del individuo, de dejar al descubierto sus contradicciones y heridas; y aquí es donde más patente se hace el paralelismo de I may destroy you con las coordenadas del viaje del héroe, a través de lances plagados de símbolos universales que muy obviamente Michaela Coel, como autora, maneja con una noble y hermosísima fuerza expresiva. Estos retos, que pueden ser clasificados en cuatro tipos, aparecen en la serie como estadios distribuidos in crescendo en el recorrido evolutivo de vuelta al umbral. Así, como los cuatro pilares de un templo –es importante recordar aquí el pasado cristiano de Coel-, asistimos en primer lugar al inesperadamente trágico reencuentro con el amado –Biagio- que va a dar en el amanecer de Arabella en solitario en la playa y la maravillosa escena en la que entra en el mar hasta acabar completamente sumergida, a la manera de un bautizo que es también un renacimiento: la extraordinaria fuerza que contiene la mirada del nuevo ser que surge del agua es el testimonio definitivo del hieros gamos, el matrimonio sagrado entre el Animus y el Anima dentro del interior de la protagonista, ya capaz de tomar las riendas de su propia vida y seguir adelante en total independencia emocional.

Campbell relaciona otra de las pruebas con lo que denomina “la apoteosis”: repentinamente, por casualidad, la heroína descubre aquello que buscaba. Solo desde la asunción de la realidad, de la aceptación de la radical soledad del ser, es dado descubrir el propio potencial, y ocurre que se produce el despertar del letargo, la llamada de la conciencia: Arabella encuentra el sentido de su vida y hasta de su tragedia en la compasión y ayuda activa a otras víctimas a través de su popularidad en las redes sociales. Se convierte así, ya definitivamente, en una influencer de la ética, un ángel urbano al que los desconocidos idolatran, pero no ya desde el resplandor de la moda, sino desde la pulsión de la sombra. Al igual que ella fue violada, otros sufren el abuso en muy diferentes formas: el conflicto racial, el acoso, la discriminación por género, tendencia sexual, físico… pero no solo se limitará a denunciar la injusticia, sino que como una amorosa Virgen, nuestra heroína dará calor y consuelo a todos los que se acercan a ella, palabras de ánimo, comprensión, apoyo y voz pública a su dolor. Por fin llega la gnosis, la sabiduría suprema, la asunción total y absoluta de la fuerza interior, y con ella también vuelve la soberbia: magnífica es la imagen de la protagonista disfrazada de ángel de la oscuridad caminando con contundencia sola por la noche, mostrando sus colmillos puntiagudos e iluminada por su teléfono, con su rostro resplandeciente recortado sobre la madrugada; ángel caído en realidad tras la ruptura con sus amigos, llena ya solo de rabia y orgullo, perdida en la miseria de su propia grandeza, definitivamente vendida al peor postor.

No obstante, tal como queda de manifiesto en la serie, el límite entre la verdad y la interpretación de la misma es muy fino, casi transparente, y el peligro de caer en aquello que más duramente se critica es inevitablemente probable: Ícaro, Prometeo, Adán, Lucifer… el ángel negro se desploma contra su propia realidad. Vuelve el pasado que dejó guardado en las bolsas debajo de la cama, y con él se impone la vida en su verdad, la realidad más tangible. Arabella cancela sus cuentas en las redes sociales y poco a poco comienza a desaparecer el azogue del espejo en el que se busca. Es el momento de mirar atrás, ya sin la amenaza de convertirse en estatua de sal. Llega la siguiente prueba: la reconciliación con la figura del padre –imagen primordial de la simbología cristiana-, que aparece por medio de la combinación de flashbacks y reencuentros en los que la protagonista se ve abocada a reescribir las líneas de su infancia, ya desde la crudeza del realismo, sin adjetivaciones embellecedoras ni fantasías. A la manera de una epifanía surgen las piezas perdidas del puzle, que tal vez no eran demasiadas, pero sí las más importantes para poder recrear la imagen de la Arabella madura. La sonrisa abierta y vibrante de la niña va a caer lentamente en un rictus de desengaño que pondrá a la adulta contra las cuerdas de lo que aprendió a olvidar. Solo así le va a ser posible abandonar el nido del que nunca acabó de salir, el agridulce castillo de naipes bajo el que creyó estar resguardada de la tormenta del abandono, el que caerá definitivamente bajo el aliento del beso con el que perdonará a su padre para así poder también dejar atrás el espejismo de amor en el que vivió. Acaece la revolución interior de la niña, la manifestación de lo oculto necesaria para hacerse por fin mujer.

Y finalmente, llega la cuarta y última prueba, la antesala del umbral: una vez superados los misterios, el héroe debe abandonar la oscuridad del bosque y caminar hacia la luz. La crisis del descenso y el retorno son equiparables, señala Campbell, dado que en este viaje de vuelta es necesario traer con nosotros aquello que nos propusimos recuperar, a saber: el potencial rechazado y reprimido que descansa en nuestro interior, y esto puede ser aun más duro que todo lo experimentado hasta el momento. Arabella ha vivido la mentira y se ha acercado a la verdad, ha transitado el infierno y también ha tenido el cielo entre las manos, ha hecho las paces con la fantasía y ha aprendido el lenguaje de la realidad. Todo lo ve, todo lo conoce ya, parece comprenderlo todo sobre sí misma. No obstante, hay una sola cosa pendiente para ella, la justicia. Su trauma sigue vigente: fue violada, y no es posible mirar hacia otro lado ni pasar página sin más. La heroína vuelve una noche tras otra al lugar donde todo ocurrió, donde todo empezó, con la esperanza de que los trozos inconexos de la imagen que guarda en su memoria se reúnan para formar un rostro reconocible al que poder pedir cuentas. Su espera es enconada, mas infructuosa hasta el instante en que, por casualidad, la amnesia se disipa. Llega entonces el momento en el que el verbo se hace carne: aparece el violador.

En el último capítulo nos vemos abocados a un laberinto plagado de señales y símbolos a través del cual Arabella nos va a guiar hasta el centro, invitándonos a recoger a cada paso las llaves que abrirán las puertas del final. Como un ángel mensajero, Ben, el compañero de piso, alude al escandaloso trino del pájaro –símbolo por excelencia de las buenas noticias- y lo hará tres veces, como tres fueron las negaciones de Pedro, como tres serán los finales que se nos presenten, a la manera de una trinidad bíblica (venganza, compasión, aceptación) en la cual la posesión del fuego prometeico de la comprensión será el que guíe a la protagonista hacia la salida de su oscuro bosque, y esta salida será definitiva en una sola palabra, un rotundo imperativo que la protagonista susurrará dulcemente en el desnudo de su imaginación: Vete. Se cumplirá así la ablución, así llegará el desenlace. Después, la sonrisa, la mirada hacia el cielo que se eleva por encima del muro, el hogar, la calma, la vida. La tensión sostenida a lo largo de 11 episodios se desinfla suavemente, con la misma quietud con la que uno cae en el sueño o sale de él, y ya no se pretende la excitación, el juvenil entusiasmo con el que conocimos a Arabella, sino que se asiste con ella a la serena conclusión de su camino, el cruce del umbral que se condensa en una sola fecha y título: 22 de enero. Y no hay nada más que decir.

Convertida repentinamente en un bastión del movimiento Me too en Gran Bretaña desde que en el Festival de Edimburgo de 2018 verbalizó la incoherencia y falta de empatía de la industria de la televisión frente a sucesos de abuso sexual y racial como los que había sufrido, Coel abrió la brecha del debate sobre la arbitrariedad con la que nos relacionamos con conceptos como la diversidad, el racismo, el clasismo, la violencia y, muy especialmente, la imagen. Porque tal vez no sea equivocado decir que todos, tanto las instituciones como las personas, hemos dedicado nuestros esfuerzos y atención a dar la apariencia de ser políticamente correctos en lugar de analizar qué significa realmente serlo, y esta cuestión no afecta únicamente al ámbito de lo racial, sino también a todos los comprendidos en el espacio de las relaciones interpersonales. Así la autora, al señalar la falta de empatía que había padecido, hacía un llamamiento social a la necesidad de recuperar conscientemente el concepto en su interpretación más amplia y proyectarlo sobre la realidad diaria: no hay empatía en una sociedad que prioriza la imagen al ser, que aplaude el egoísmo y mercantiliza el cuerpo a través de las redes sociales, escaparate de humo y sexo que se empeña en convencernos de que todo es lo que parece, sin más. Porque aunque la realidad sea cambiante y relativa, es necesario recordar que hay hechos y palabras universalmente incontestables, tales como que una persona no es un objeto de consumo, que un no es siempre un no y que una violación es mucho más que un simple abuso sexual, aunque la víctima sea abiertamente promiscua, aunque esté borracha o drogada, aunque se hallara en el lugar y el momento equivocados. No solo mirar, sino ya ver los hechos tal cual son se impone como una necesidad, y en ese acto la empatía es el único recurso que tenemos para poner cada cosa en su lugar.

Me he pasado gran parte de mi vida pidiendo, suplicando y esperando empatía, afirmaba Coel en una entrevista; me parece adecuado intentar hacer lo mismo, de ahí que esta serie sea un grito de atención a mirar alrededor y fundirse con el mundo, ya sin juicios ni dualidades; a distinguir el ser del parecer, a dejar de jugar al juego de la imagen. Parece que la autora, tras sus tres años de viaje, sus 191 manuscritos, su terrible experiencia, puede demostrar ser la prueba viva de las palabras de Heráclito Nadie se baña dos veces en el mismo río, pero es así porque ni el río ni ella serán nunca más los mismos que fueron; al igual que el ser humano, que cambiante, plural, contradictorio y evolutivo como es merece siempre la segunda oportunidad de las aguas. Porque aunque necesariamente distintos, si en algo todos somos iguales es en la perentoria necesidad de hacer el camino de vuelta al interior (No lo olvides, mira siempre hacia adentro, señala Coel), en la inevitable tarea de realizar el viaje del héroe por el bosque de nuestras vísceras y volver al mundo con la piel llena de heridas para poder seguir nuestra senda personal ya en la rotunda independencia de la vida adulta. Bella y difícil es la vida, y solo si se acepta la radical soledad del trayecto será dado entender el significado real de la tierna llamada a la empatía que esconde la frase que Arabella y Terry se repiten mirándose a los ojos cada vez que una de ellas se encuentra varada en un trance, como si ambas fueran un espejo de la otra: Si tú naces, yo nazco; si tú mueres, yo muero. Todos los fuegos el fuego, todos los seres el mismo; todos, hombres y mujeres, el mito: espejo unos de otros a lo largo del tiempo que nos sostiene y habrá de sobrevivirnos.