Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo. Así dio comienzo Franz Kafka a El proceso, considerada por muchos una oscura premonición de la tragedia que habría de vivir el pueblo judío en menos de una década del momento de su escritura. A lo largo de la novela el protagonista irá internándose en un laberinto opresivo plagado de absurdos interrogatorios, situaciones burocráticas rocambolescas y personajes que, de la misma manera que él, se hallan perdidos frente a unas instancias de poder deshumanizadas y carentes de toda lógica y concierto. En ningún momento sus preguntas serán contestadas con nada que no sea una evasiva u otra pregunta, ni será capaz de descubrir qué crimen cometió: desde el momento de su detención Josef K. se verá acorralado por el engranaje de un sistema judicial desatinado, incoherente y caótico que le exigirá rendir cuentas por un delito desconocido.

Desde 1933 hasta 1945 no corrieron distinta suerte los judíos en Europa. Despojados de su identidad, sometidos a continua difamación, persecución y ataque; saqueados, arrancados de su familia y su hogar, esclavizados, depletados y exterminados ante la continua indiferencia de la comunidad internacional, más de seis millones de hombres y mujeres se vieron abocados a un proceso rayante en lo irreal kafkiano que habría de dar en una contumaz justificación de la mayor matanza del siglo XX a manos de un régimen despiadadamente megalómano y enfermo de poder.

Desde la crónica descarnada de Primo Levi en Si esto es un hombre hasta la agridulce ingenuidad representada en el film de Bellini La vida es bella o la novela de John Boyne El niño con el pijama de rayas, pasando por la necesaria y valiente invitación a reflexionar sobre el condicionamiento que imponen las circunstancias al ser humano que aparece en El lector (Bernhard Schlink) o en el ensayo Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt, no son pocas las crónicas, documentales, literatura y películas que han narrado desde muy diversos puntos de vista los entresijos del Holocausto. No obstante, la obra que nos ocupa –El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl- se desmarca sutilmente de todo ello desde sus primeras páginas: Mi intención es describir, en virtud de mi experiencia y desde mi perspectiva de psiquiatra, cómo vivía el prisionero normal en el campo y cómo esa vida influía en su psicología.

Víctor Frankl -prisionero nº 119.104-, un recluso ordinario que no disfrutó de los privilegios que podía haberle otorgado su condición de médico y fue destinado a las labores de cavar y tender traviesas para el ferrocarril a lo largo de tres años de internamiento en diferentes campos de concentración (entre ellos, Auschwitz y Dachau), desgrana en su obra el día a día de la rutina incierta de los miles de presos judíos que poblaron los Lager prestando especial atención a las fases psicológicas de su adaptación a la vida dentro de aquellos. Y así es que con un cuidado y amor que no suavizan pero sí iluminan la barbarie de los sucesos propios de un campo de exterminio, establece tres etapas en el proceso: el shock, la aceptación y el retorno a la realidad después de la liberación. No es de extrañar que sea la segunda fase a la que Frankl dedica más páginas y atención, ya que fue en ella, en el transcurso permanente y espantosamente imperecedero de adaptación al capricho totalitario, donde dio en descubrir el corazón de la manzana, la necesaria puesta a prueba de los postulados de la Logoterapia, método terapéutico desarrollado por él mismo a mediados de los años veinte como respuesta al nihilismo existencialista.

En esta segunda fase, tras una primera etapa de apatía y fuerte anestesia emocional de mayor o menor duración, el autor habla de un proceso de intensificación de la vida interior en los presos que repentinamente tomaba forma en el despertar del aprecio de la belleza del arte y la naturaleza. Sorprende notablemente leer cómo solían utilizar la creatividad para preservar su identidad tanto humana como judía frente a la deshumanización impuesta por los mecanismos de poder nazi. Así permanecen como recuerdos vivos en los museos del Holocausto rosarios hechos con miga de pan, pequeñas tallas de madera, poemas, oraciones y dibujos esbozados en maltrechos trozos de papel, joyas labradas con hilo de cobre de las alambradas, grabados de paisajes… incluso el recuerdo de canciones y pequeños espectáculos de cabaret improvisados de noche en los barracones, todas ellas muestras de la voluntad de dar un sentido a sus vidas que Frankl observaba en aquellos reclusos que no se resignaban a un determinismo impuesto que solo podía dar en la muerte, y asimismo denotaba una profunda motivación cuyo origen primero era sin duda el amor: la salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor. Para el autor fue el recuerdo de las conversaciones con su mujer y la profunda esperanza de continuarlas una vez pudiera reunirse con ella en un futuro incógnito la fuerza impulsora de su resistencia al desánimo, pero también –como para otros muchos supervivientes- el amor a su trabajo, a sus allegados y amigos, a su lengua y cultura, a las creaciones artísticas, al mundo natural y en definitiva a la existencia misma en su forma más sencilla y cotidiana.

Pero nada de eso sería posible sin la presencia de la libertad interior, y es aquí donde entramos en el nudo de la teoría de Frankl. Llegados al centro de la narración es dado pensar que en ese contexto de terror –y tantos otros que de una manera u otra se le asemejan, tanto a nivel personal como general; incluso los acontecimientos que actualmente estamos experimentando- no queda más remedio que asumir que el ser humano está irremisiblemente determinado por el entorno, abocado a ser una frágil hoja a merced del viento que las circunstancias le imponen. Así las cosas, el concepto de libertad sería una mera ilusión, una fantasía construida para hacer más soportable la existencia; una ficción accidental y cómoda que ante la crudeza de la realidad se desharía como un castillo de arena. No obstante, el autor no lo entiende de ese modo, y fundamenta su opinión en su experiencia en los campos de concentración, según la cual afirma que el hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en terribles estados de tensión física y psíquica. Tal como afirmó en una entrevista televisiva a mediados de los ochenta, la libertad como la entendemos es finita, ya que siempre hay condiciones biológicas, psicológicas o sociológicas que limitan al individuo, pero sí existe una libertad suprema, última, intrínseca al ser humano, que no es otra que la libre elección de la acción personal ante las circunstancias. Para Frankl, resistir fue vivir, o viceversa; y no siempre lo hicieron los más fuertes, sino aquellos que fueron más fieramente libres y utilizaron el amor y la creatividad para transcender una realidad de la que no podían escapar.

Sin embargo, aun aceptado todo lo visto hasta ahora, es inevitable hacerse la misma pregunta que el autor se hizo una y mil veces durante sus años de reclusión en los campos: ¿Para qué? ¿Qué sentido habría de tener tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta muerte? Paradójicamente, cuando fue deportado junto a su familia en 1942 a Theresienstadt, Frankl portaba en su bolsillo el manuscrito inacabado de la que consideraba la obra científica de su vida y que intentó salvar sin éxito de la quema de enseres ante la mirada burlona de los guardias de las SS; el texto fundacional de la Logoterapia, que sí publicaría como trabajo de oposición para conseguir la plaza de docente en la Universidad de Viena en 1946, un año más tarde de ser liberado, bajo el título de El médico y el alma, reconstruido de memoria ya después de haber sabido que su esposa, padre, madre, cuñado y multitud de amigos no habían sobrevivido al exterminio. El autor se hallaba solo en el mundo, pero en un mundo que ya nunca sería igual al que había dejado atrás al subir a los trenes que llevaban a Auschwitz, porque ni siquiera él era ya el mismo. Durante los años de internamiento se había mantenido fuertemente vinculado a un propósito que desde un futuro incierto le brindaba la fuerza para continuar, el de volver a abrazar a su esposa. Así, con el impulso que el amor le había dado, había sido capaz de ir recordando y memorizando los fragmentos del manuscrito que no sobrevivió a la quema y que después, una vez liberado, pudo reescribir; de alimentarse con la belleza que encontró en los paisajes helados que se abrían ante sus ojos, de asistir física y emocionalmente a compañeros moribundos… y con todo ello mantuvo vivo el sentido de su existencia –que no es otra cosa que la fe en un propósito futuro- sin saber que ese mismo sentido era el que lo estaba manteniendo vivo a él. Porque tal vez, como descubriría posteriormente, no se trata tanto de preguntarse sobre el porqué de las circunstancias que nos rodean, sino de responder con sentido y responsabilidad a las preguntas que la vida nos hace en cada momento concreto de nuestra existencia. Parafraseando a Nietzsche, Frankl escribiría: Un hombre que se vuelve consciente de su responsabilidad ante quien lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra por terminar, nunca será capaz de tirar su vida por la borda. Conoce el “porqué” de su existencia y puede soportar cualquier “cómo”.

La voluntad de sentido se revela así como una fuerza primigenia del ser humano, un puro instinto hacia el bien. Partiendo de la asunción de la incapacidad humana de entender el sentido último de los acontecimientos vitales desde la razón, –y bajo la influencia de la escuela socrática- la sabiduría no residiría en la mente, sino en el corazón del hombre desde el punto de vista integral del mismo, como tríptico en el que desear, pensar y querer se sostienen el uno al otro sólidamente. Así, la tarea de la Logoterapia (entendiendo logos como sentido) no sería otra que la de recordar al paciente su libertad intrínseca y de ponerla al servicio del descubrimiento de ese propósito vital, de ese objeto de su amor capaz de dar sentido a una vida que de otro modo, entregada al azar de las circunstancias, no tendría ninguna razón para ser vivida.

Para Viktor Frankl, uno de tantos Josef K. que sufrieron un proceso irreal, arbitrario y perverso en el que tuvo que aprender a convivir con el odio y la inminencia de la muerte sin rendir su humanidad, la confianza en un propósito personal fue el salvoconducto que guió firmemente sus pasos a través del camino hostil del dolor. No es fácil escribir con la propia sangre, mas se escribe muy bien con ella, llegó a decir. No debió ser fácil tampoco ver cómo la vida lo obligaba a poner a prueba en carne propia los fundamentos del método que había creado; no obstante Frankl se vio en la tesitura de hacerlo, y aunque bien podía haberse dejado llevar por la desesperanza, aceptó las circunstancias. Inevitablemente el encuentro con la naturaleza, la creatividad y el recuerdo de la presencia del ser amado lo impulsaron a buscar un sentido para una vida, la suya, que en los campos de exterminio y aun el resto del mundo se presentaba carente de valor, pero que sin embargo guardaba secretamente el tesoro de la libertad interior y junto a él la responsabilidad de dar respuesta a sus exigencias.

Es posible que el fundamento de lo que somos se reduzca a una simple evidencia, pero solo ciertas preguntas, algunas circunstancias extremas, nos pueden llevar a ella; respuestas, pruebas y testimonios que de tan claros ciegan la vista y por ello no son fáciles de comprender. Frente a las dicotomías del bien y el mal, el aquí y el allí, el sí y el no, tal vez cuando hablamos del ser humano no haya más principio, más poder, más sentido que el que cada individuo guarda en su corazón, y eso convierte cualquier consideración en un crisol múltiple, infinito, heterogéneo y relativo en el que solo cabe una posibilidad muy claramente esbozada –y demostrada por la Historia-: ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es.