Escribo este blog, sobre todo, para escritoras y escritores (en ciernes, en formación, de hecho o de espíritu, frustrados o triunfantes), muy distintos entre sí pero con dos cosas en común al menos: el amor por la lectura y la fascinación por las palabras. Por eso quiero hablar de vez en cuando de palabras, esas que conforman la lengua y que son mucho más que una herramienta de trabajo.

Siempre hay palabras delante de nuestros ojos, no hay que ir muy lejos. ¿Por qué no empezar, por ejemplo, por esto que tengo ahora entre manos, esto que tú estás leyendo?  Para todo el mundo está claro que un blog es una página de Internet en la que se publican artículos periódicamente y por orden cronológico. Si queremos ser rigurosos, debemos acudir a la definición del Diccionario de la RAE:

Y ya sabes, si está en el diccionario, significa que la Academia ha admitido la palabra como parte del vocabulario español, así que no es necesario escribirla entre comillas o en cursiva, como ocurre con los términos extranjeros. Por ejemplo, algo tan familiar últimamente como un podcast.

El uso de «blog» no sólo es reciente en español. La etimología, esa disciplina con resonancias latinas y medievales, no nos va a llevar en este caso más allá de los años 90 del siglo pasado. Son nuevos tiempos en los que las palabras tienen autores conocidos y fecha exacta de origen. En 1997, el escritor estadounidense Jorn Barger acuño el término weblog, compuesto de web y log, para designar un registro de la web. Eso significa log en inglés, «registro», «diario», «bitácora». Y eso eran en principio los blogs, en una época en que los buscadores no eran tan eficientes ni la cantidad de páginas tan enorme: registros de navegación, donde se anotaban las direcciones interesantes que se iban encontrando y se compartía su contenido.

Hoy en día el término «internauta» ya no tiene casi sentido, puesto que todos somos internautas, pero hubo tiempos en los que navegar era una actividad aventurera y los audaces marineros daban cuenta de sus descubrimientos. Internautas, se llamaron, como los argonautas de Jasón. Y es que tarde o temprano todos nuestros caminos acaban conduciendo casi siempre al latín (nauta); a veces también al griego: ναύτης (naútēs).

Pero, ¿cómo pasamos de weblog a blog? La respuesta es un curioso fenómeno de descomposición y recomposición. Dos años después de que Barger acuñase weblog, Peter Merholz, en la barra lateral de su página web, escribió «we blog», que literalmente sería algo así como «nosotros blogueamos», con esa sorprendente facilidad del inglés para el neologismo. De un sustantivo compuesto de web y log hemos pasado con toda elegancia y sin despeinarnos a un pronombre personal y un verbo: we blog. Y de ahí de nuevo al sustantivo, blog, el log con una be incorporada.

Desde 2014, los hispanohablantes tenemos nuestro «blog» convenientemente limpio, fijo y esplendoroso en el Diccionario de la RAE, con su plural gramaticalmente correcto, «blogs», y sus derivados «bloguero, -a», «bloguear» o «blogosfera». Sin embargo, muchos recordamos que, antes de que se generalizase y oficializase, hubo otro término para el mismo significado, con el que convivió durante años y que todavía se usa en algunos contextos. Está recogido en el Diccionario del español actual de Seco, Andrés y Ramos. Se trata de «bitácora», que es la traducción correspondiente al inicial «log» y que, al igual que «internauta», es palabra marinera. «Bitácora» viene del francés bitacle, contracción de habitacle, que designa una especie de armario situado en la cubierta, junto al timón. Ahí solía guardarse un cuaderno donde los navegantes anotaban los sucesos ocurridos durante el viaje, especialmente los problemas y la forma en que se habían resuelto. Se protegía de vientos y tormentas, pues contenía algo tan valioso como la experiencia.

El cambio de significado se produce a través de un fenómeno muy frecuente en las lenguas: la metonimia. En este caso, el continente pasa a designar el contenido y la bitácora, en principio un armario, se convierte en el propio cuaderno. Es curioso que algunas personas con pocos conocimientos de inglés digan «bloc» en lugar de «blog», quizá porque asocian el sonido con la idea de cuaderno. No van tan mal encaminadas como parece.

«Bitácora del capitán. Fecha estelar, 1513.1» fueron las primeras palabras que se escucharon en la serie Star Trek. ¿No es reconfortante que desde el más humilde de los blogueros hasta el capitán de la Enterprise, desde el internauta al cosmonauta, desde el sofá de casa hasta las estrellas, todos podamos lanzar al ciberespacio nuestros diarios de navegación?

 


Imagen: fragmento de foto de Oliver Sjöström en Pexels